Llegamos al mundo con una gran inocencia, todas las experiencias nos cautivan y nos llenan de sorpresa. No nos cuestionamos nada de lo que ocurre, no tenemos un registro previo con el comparar así que nos entregamos a la experiencia de forma natural y completa, limitándonos a vivirla tal y como es.

Lo que ocurre a medida que vamos creciendo  es que las experiencias van dejando una huella, una marca perceptiva que quedó en mi memoria generando un sinfín de creencias. En este mundo, se nos enseña a dividir las experiencias entre buenas y malas, este concepto de bueno y malo por lo general, varía increíblemente. En unas casas y en unas vidas, se valoran algunos aspectos y en otras otros. En general, las experiencias dolorosas se registran fuertemente como algo a evitar en el futuro y a partir de ahí generamos complejos mecanismos de protección que nos mantengan lejos de experiencias similares. Del mismo modo ocurre con aquellas experiencias que me dieron cierto lugar de reconocimiento, experiencias que seguiré buscando.

Poquito a poco en ese devenir conmigo, con mi familia y con los demás, ya me voy haciendo una “idea” de quién soy y lo más importante una “idea” de en qué me quiero convertir. Tenemos aquí el origen de la famosa personalidad o lo que yo llamo el personaje: un programa mental que incluye sistemas de creencias que mantengo acerca de mí mismo y del mundo, que a su vez vive persiguiendo llegar a ser mi “yo ideal”, aquello que he decidido (basado en el pasado) que es la mejor manera de vivir mi vida.

El pararme un momento a observar esto, me lleva claramente a descubrir que realmente esto nunca concluye, es un mecanismo de sufrimiento asegurado. Parte de una división, “conflicto”, “lucha”, “incoherencia”, aspectos que siento y que no debo sentir, aspectos que debo sentir y no siento… ¿Cómo uno todo esto, cómo puedo ser algo que no soy…si yo soy todo?

Viviendo desde este eje central en el que mi yo ideal y mi yo idea se alimentan mutuamente, me mantengo asustado por no llegar a ser mi ideal, culpable por lo que soy y frustrado por lo que no soy. Acabo atrapado en mi propio sistema de creencias que determina mi modo de ver el mundo, me lleva a respuestas mecánicas y como no, a repetir experiencias una y otra vez con los mismos resultados. Y no podría ser de otra manera, puesto que estoy parado en un centro de conflicto, lo que soy no sirve y necesito llegar a ser otra cosa. El mundo se ha convertido en algo limitado bajo mis parámetros de percepción…

De ahí, el bendito darme cuenta, que con la maravillosa conciencia que observa puede de nuevo retornar al origen y descubrir qué realmente se perdió en el camino, dejó de vivir en el presente y de experimentar la vida tal y como viene para montarse un plan paralelo y sufrir mucho en el camino…Esa inocencia que me permite seguir viviendo cada día y cada experiencia como un regalo a experimentar necesita no tener parámetros previos que la cuestionen, es un tema de entregarse a sentir la vida, no a encuadrarla en lo que yo creo, porque insisto, entonces yo no voy con la vida, voy por mi cuenta y no me voy a enterar de ella, voy a sufrir mucho porque no fue o no es lo que yo quería.

Trabajemos entonces en descubrir el sistema de creencias de mi personaje, simplemente darme cuenta de todo aquello con lo que me identifiqué, aquello que decidí que era lo válido y mirémoslo desde esa conciencia que observa lo que pasa, sintiendo la vida sucediendo a través de su darse cuenta. Hablamos de soltar, no de construir un nuevo “yo ideal”.