El Arte de Ciclar

Ciclar es un arte, eso desde luego. Cualquier mujer sabe que el oleaje en su interior es un hecho, que las fluctuaciones anímicas y de vitalidad operan todos los meses en ella y que no son tan fáciles de surfear. Nuestra naturaleza es cíclica, cambiante y eso es un desafío. Por eso es tan  importante reconocerlo, entenderlo y aprender a manejarlo. Como en todo, la actitud es clave y por eso lo denomino un arte. Me puedo acercar con enfado y frustración o me puedo acercar con curiosidad y humildad, abriéndome a la pregunta de qué sentido tendrá todo esto, además de la fertilidad física. Esa indagación, este adentrarse, me guiará a aspectos desconocidos, a historias, a revelaciones olvidadas, a la naturaleza y sus estaciones, a la astrología, al universo del cambio y sus transiciones. Me traerá nuevos puntos de vista, herramientas, recursos que me permitirán hacer de mi vida cíclica todo un arte.

Bien, pues hace ya un tiempo largo que las mujeres nos desperezamos y nos fuimos despertando en poner en valor estos vaivenes y movimientos internos. Atravesadas muchas veces por el desborde emocional o los malestares fuimos tirando del hilo del ombligo y pudimos ir rescatando las memorias de aquellas mujeres sabias que vinculadas profundamente a la naturaleza, nos hablaban de ciclos de luna. Si miras al cielo cada día, descubrirás dos movimientos esenciales y primordiales. La luz del sol que ilumina el día y la luz de la luna que ilumina la noche. Sólo que la luna a diferencia del sol, nos muestra cuatro fases y una evolución entre ellas. Es decir, nos habla de un proceso mensual con variaciones y de cuatro puntos marcados. ¿No te suena esto?, ¿no vivencias tu exactamente eso a través de tu menstruación?. Sin embargo, el sol es lineal, siempre se nos representa del mismo modo, aunque pueda ser tapado por las nubes, su luz es constante.

Nosotras estamos profundamente vinculadas a ese ciclo lunar, a esa luz que se ilumina poco a poco hasta llegar a su plenitud y que después se va escondiendo hasta desaparecer. Concretamente, la simbología del proceso de iluminación; esas fases creciente y llena, se corresponden con nuestra fase preovulatoria y la ovulación. Unas fases de bastante energía, con ganas de hacer, de relacionarnos, de poner en marcha cosas hasta llegar también a su plenitud, con muchas ganas de compartirnos y de ofrecer, como lo haría una madre que se siente plena de serlo y muy clara en su papel.

Por otro lado, el movimiento sigue avanzando y esa luz comienza a menguar. Este momento, en nosotras coincide con la premenstruación y esa una fase de cierta confusión, de emociones como la tristeza o la rabia, de revoltijo, en la que suelen aparecer temas «pendientes» que nos hacen sentir mal pero que en este momento se intensifican y nos afectan muchísimo. Es una etapa un poco distorsionada en ese sentido, sentimos de una manera quizá un poco exagerada. Todo esto que está guiado por un proceso físico, hormonal clarísimo, también tiene un sentido a otros niveles más psicológicos y evolutivos. Puesto que en estas fases de disminución de luz, el viaje nos invita a ir hacia dentro. Nos apetece menos salir y relacionarnos, en parte por todo esto que nos brota y también porque el cuerpo se inflama y está más cansado. Es una invitación a revisar aquellos lugares que necesitan evolucionar, heridas que no están curadas, situaciones o relaciones que no van bien y lo hace comenzando a subir el nivel de intensidad del malestar. No para hacer nada hacia fuera, ni tomar decisiones todavía pero si para observar y revisar lo que tenemos que dejar ir, soltar, poner en orden, crear. También es un entrenamiento en acompañarnos en momentos difíciles y aprender a contenernos, sostenernos a nosotras mismas y no desbocarnos.

El último movimiento es adentrarse en la noche cerrada, sin luz de luna, en la que podríamos sentarnos simplemente a contemplar las estrellas. Pues esta fase en nosotras coincide con la menstruación, un espacio interior, ya más calmado por el inicio de la depuración y el drenaje del sangrado que nos invita todavía más al descanso y la introspección. Ahí con todo ya más reposado, podemos meditar sobre lo que la fase previa nos informó y cuales son los movimientos que necesito o quiero hacer en mi vida para ir desarrollando mi potencial o mis alegrías. Y esta escucha se hace ahí, dentro, abriéndonos a respirar, preguntándole a mi corazón hacia dónde apuntar mis acciones y mi energía en la siguiente fase. En cuanto se asome la luz y mi vitalidad vuelva en esa dirección caminaré.

Este ciclo lunar y menstrual también se da en las estaciones. Esta última fase corresponde al invierno, adentrarnos en la cueva al encuentro con nuestra sabiduría, menstruar en silencio y con poco movimiento. El otoño es la anterior, la fase premenstrual, que nos invita al cambio, a la transformación, todos esos colores, todo ese movimiento de reciclaje después del verano. En el verano todo quedo expuesto a la luz, muy visible, largos los días y mucha expansión, el movimiento hacia fuera, viajar, compartir. El culmen de la incipiente luz que brotó en primavera, con unos ligeros sonidos e inicios de despertar del letargo invernal hasta avanzar al florecimiento y al despliegue de ser belleza.

En los encuentros estacionales nos adentramos a vivenciar la propuesta de cada estación, con ello también vamos aprendiendo y adquiriendo herramientas para esta ciclidad mensual. Todos los procesos de la vida siguen estas fases, todo lo que nace, se desarrolla y después va menguando hasta su final y de nuevo comienza. Nosotras nos juntamos y ponemos cuerpo y alma, nos abrimos a estas enseñanzas en la naturaleza y así vamos haciendo de este ciclar un arte lleno de conciencia y belleza.

Con amor, Esther